Parashat “Shlaj Lejá”

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21062011

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Parashat “Shlaj Lejá”




Interpretación y comentario
Dos pecados que tuvieron consecuencias críticas fueron cometidos por el pueblo de Israel en el desierto: “El pecado del becerro de oro” y “el pecado de los espías”. Estos pecados son típicos de dos debilidades características del pueblo de Israel en todas las generaciones. Una: la tendencia de buscar otros dioses (en todo sentido) en momentos de crisis. Y la segunda: la falta de verdadera motivación para heredar la tierra. Estas debilidades aumentan y vuelven a lo largo de la historia del pueblo de Israel.
La gravedad de estos pecados se expresa en la Biblia mediante sus respectivos castigos.
El pecado del becerro de oro produjo la primera gran crisis en el pacto íntimo entre el Santo Bendito Sea y el pueblo de Israel, el “Pacto del Sinai” (“Os he alzado a vosotros sobre alas de águilas y os he traído a vosotros hacia Mí” Éxodo 19:4). El quiebre de esta intimidad está simbolizado con el quiebre de las primeras tablas. Después de este pecado, se debilitaron las relaciones entre el Santo Bendito Sea y Su pueblo, y fueron menos íntimas. Fue necesario un nuevo orden y menos intimidad para continuar y fortalecer el pacto del Sinai: “Mi enviado irá delante de ti” (Éxodo 32:34). La gravedad del pecado del becerro es que su vergüenza y dolor la cargan también las próximas generaciones: “Les dijo el Santo Bendito Sea: Vosotros llorasteis en vano, pero Yo les decreto llanto por generaciones” (Taanit 29a).
La gravedad del “pecado de los espías” es mayor que la del becerro, y se expresa en la falta de preparación del pueblo para enfrentarse a las dificultades necesarias para heredar la tierra.
Este pecado expresa, por un lado, la crisis de fe que empezó con el pecado del becerro y que llevó a Dios a dudar sobre la continuación de la existencia del pueblo: “Lo golpearé con mortandad y lo destruiré; empero te haré a ti un pueblo grande y poderoso, más que él” (Números 14:12).
Hasta que Moshé pide desesperado: “Absuelve ahora la iniquidad de este pueblo de acuerdo con la grandeza de Tu benevolencia, así como has perdonado al pueblo éste, desde Egipto y hasta ahora. Y dijo Dios: `He absuelto según tu palabra”' (Números 14:19-20).
Por otro lado, el pecado de los espías es superior al pecado del becerro por la falta de fe en sí mismos para enfrentar las dificultades: “Parecíamos a nuestros ojos como langostas y así éramos ante los ojos de ellos” (Números 13:33). Este pecado hizo que el ingreso a la tierra fuera pospuesto por una generación completa.
A diferencia del pecado del becerro -cuyas raíces están unidas al pasado del pueblo de Israel en Egipto en la tendencia de buscar otros dioses en momentos de crisis-, el pecado de los espías se compone de dos transgresiones: la falta de fe en la promesa Divina de entregarles la tierra y la falta de fe en la capacidad “propia” del pueblo para enfrentarse a las dificultades necesarias para heredar la tierra y concretar así la promesa de Dios a Abraham. Por esta razón, su gravedad supera a la del pecado del becerro.
Grandes comentaristas analizaron el caso de los espías y trataron de aclarar la transgresión de quién es superior aquí. ¿Acaso la transgresión de los espías que no se conformaron con pasar información a los líderes de sus tribus, -sino que se dirigieron por sobre ellos- a Moshé y Aarón, e hicieron saber al público una información delicada para que el pueblo se rebele contra el liderazgo que lo estaba guiando a la tierra prometida? ¿O la transgresión del pueblo es mayor aún porque recibió la interpretación de los informantes y decretó: “No podremos subir contra el pueblo, ya que es más fuerte que nosotros” (Números 13:31), y no creyó en la promesa Divina de heredar la tierra?
Y todavía el gran asombro: ¿cómo un pueblo que vivió en Egipto cientos de años de dura esclavitud -“Les amargaron sus vidas con trabajos duros, en argamasa y en ladrillos, y en todo trabajo en el campo. A todos sus trabajos los sometieron, haciéndolos trabajar con dureza” (Éxodo 1:14)- con una antigua esperanza de volver a la tierra de sus padres (“Y la cuarta generación volverá aquí” Génesis 15:16), puede retroceder en un momento de prueba?
Tres opiniones interesantes y relevantes se encuentran en las palabras de los comentaristas.
El rabino Simja Hacohen de Dvinsk, en su libro “Meshej Jojmá” escribe: “Puede ser que dijeron que grandes guerras como ésas no son apropiadas para nuestra generación, sino para nuestros hijos, que crecerán sin humillaciones ni esclavitud. Por eso dijeron: `Porque más fuerte es que nosotros' y no que nuestros hijos. Es decir, los espías quisieron evitar la entrada a la tierra porque, como representantes del pueblo, conocían la debilidad espiritual de éste y sabían que esta debilidad impediría que ellos vencieran en la lucha”.
El rabino Ishaiahu Horowitz en su libro “Shnei lujot habrit al a Torá”, escribe: “Los espías tenían temor a los cambios sociales que vendrían como consecuencia de la entrada a la tierra y que traerían un obligado cambio en el liderazgo actual”.
La profesora Nejama Leibovitz, en “Iunim besefer bamidvar”, escribe: “El pueblo y su liderazgo -que estaban acostumbrados a una vida de esclavitud- tenían temor a la independencia y a la responsabilidad que surge dentro de esa independencia, por lo que perjudicaron su entrada a la tierra”.
La pregunta es qué sabemos de aquella generación, generación obstinada y terca, que va, se enreda y se queja en el terrible desierto siguiendo a un líder difícil y visionario, detrás de una promesa sobre una tierra donde nunca estuvieron, guiados por un Dios invisible.
Las ideas de los tanaítas y amoraítas se dividen entre aquéllos que dicen que la generación del desierto no merece el mundo venidero, y otros que dicen que ellos merecen piedad y piden incluirlos en el buen mundo por venir.
De todos los libros judíos, el Libro del Zohar es el que quiere más a la generación del desierto. Los autores del Zohar, cuya pasión mística es acercar a la Divinidad y vivenciarla cada vez más, identificaron a la generación del desierto como una generación que tuvo el honor de vivir una existencia espiritual inigualable.
En su lectura de los versículos de la Torá, y a la luz de su pasión por buscar en el relato bíblico una guía para su vida espiritual, ellos vieron a la generación del desierto como personas cuya experiencia del encuentro sin intermediarios con Dios en la salida de Egipto, fue mayor que aquéllas de los grandes profetas: “Lo que vio la sirvienta en el mar, no vio Ezequiel ben Buzo”.
Aquella fue una generación que renunció a todo tipo de existencia relacionada con las características humanas, como la planificación, el crecimiento, la recolección de comida y el desarrollo. Los miembros de esa generación renunciaron a todo tipo de arraigo a la tierra y se establecieron entonces en el desierto, cuando sus raíces de aire se ramificaban hacia Dios.
Ellos fueron transportados en el seno Divino, bajo nubes de honor, totalmente dependientes de su fe en Dios. Sus cuerpos y mentes pasaron una transformación que les permitió alimentarse con el maná, producto Divino, copos de luz, pan de ángeles. Aquélla fue una generación que vio símbolos y señales terribles y maravillosas. El Zohar ve a aquélla generación como “generación del conocimiento”, una generación sin igual. Una generación que tuvo el honor de vivir una experiencia espiritual, de fe y de milagros, merece todo tipo de alabanzas, y es a ellos, dice el Zohar, que está dirigido el versículo: “Feliz es el pueblo que así sucede con él”.

* Profesor de Educación y Halajá, Instituto Schechter de Estudios Judaicos, Jerusalén
Editado por el Instituto Schechter de Estudios Judaicos, la Asamblea Rabínica de Israel, el Movimiento Conservador y la Unión Mundial de Sinagogas Conservadoras.
Traducción: rabina Sandra Kochmann
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